Sepulturas del Cementerio

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Como todos los cementerios de la Araucanía, el de Traiguén presenta una variedad de sepulturas notable, dada por las diferentes culturas que se relacionan en la región y que inevitablemente muestran cada una su singularidad en los espacios sagrados destinados para la muerte, distinguiéndose aquí, el contraste evidente entre lo terrenal y lo divino, en sus diversas formas aportadas por las diferentes culturas que convergieron en un solo territorio.

El cementerio de Traiguén es un claro exponente de las variedades de distintos estilos arquitectónicos, destacándose el estilo neoclásico en el mausoleo de la familia Arrivé, caracterizado por sus columnas y la presencia de capiteles dóricos, dando muestra de su carácter austero. Por su parte, el mausoleo de Juan Widmer es de estilo Art Deco y manifiesta su hermetismo con la articulación de formas curvas y la presencia de columnas en sus vértices. Ello se complementa con el enmarcamiento de la puerta con hojas de diversas formas y tamaños, las cuales enfatizan el volumen de la estructura mediante la articulación de figura y fondo, de luz y sombra. Aparte del Neoclásico y Art Deco, también se aprecian los estilos Gótico y Moderno, entre otros.

El impulso económico marcado por la llegada del ferrocarril y la posterior bonanza económica generada a partir de la producción triguera se traduce en la masiva presencia de mausoleos que dejan en evidencia una época de abundancia y prosperidad. Se destaca en los mausoleos su volumen, simetría, decoración, sobrecarga de elementos simbólicos y la presencia de un solo espacio interior cuya característica está íntimamente ligada a la intensidad y calidad de la luz obtenida por los vitrales.

Los vitrales se constituyen en la principal fuente de iluminación y decoración mediante figuras de ángeles, insertas en paisajes renacentistas con un claro énfasis en la unión entre la tierra y el cielo. Es característico de los mausoleos un contraste evidente entre una espacialidad interior colorida y la multiplicidad de formas que presenta su fachada principal. En tanto, otros presentan una cruz como motivo principal, otorgándole una mayor austeridad a la iluminación de su espacio interior. Su cubierta ejecutada, principalmente, en hormigón armado destaca la presencia de cúpulas, las cuales representan la analogía al espacio infinito reflejado por la bóveda celeste, cuyo vacío es reafirmado por la presencia de luz.

Otro tipo de sepulturas que se desarrolla a partir de la llegada de los inmigrantes europeos, es la aparición del fierro, alrededor de 1883. Este tipo de sepulturas nace como una solución a la poca duración de la madera, uso que se hace extensivo por lo menos hasta la llegada del hormigón que dio forma más tarde a los mausoleos. La ubicación de este tipo de sepulturas dentro del trazado del cementerio cumplía un efecto funcional al que se le añade uno estético por la plasticidad del fierro y la articulación de las formas curvas que en su composición se traducen en representaciones más naturales y menos rígidas a diferencia de la madera.

Recorrer este camposanto es imaginar el sentido de la vida, del afecto, del resguardo, de la ternura y devoción, en el otro extremo, de la opulencia, de la vanidad, el contraste entre el dinero y el sentido de la muerte que solo la vanagloria nos ha perpetuado hasta nuestros días con sus enormes mausoleos.

En este cementerio se recogen historias que han quedado ocultas tras los remotos muros de ladrillo. Fueron hombres y mujeres, parte de la historia de la Araucanía, los que dejaron su huella en una oxidada cruz metálica derruida por el paso del tiempo, en una abandonada lápida de mármol o en una frágil cruz de madera. Formas que dan cuenta de conceptos de vanidad, descanso, resguardo, cobijo, entre otros, con un sentido único: dar cuenta de la vida, más que de la de la muerte.

[“Cementerios de la Araucanía”, de Cristián Rodríguez Domínguez y Andrea Saavedra Teigue, Fascículos de Arquitectura Patrimonial]